jueves, 27 de septiembre de 2012

Iniciación.

Éramos jóvenes y nada nos previno
de que ciertas condiciones objetivas
el clima, la música, algunos desaciertos históricos
        modifican
(estudios previos lo demuestran)
la sutil trayectoria del deseo.
    Creíamos
–oh, la triste educación sentimental
que todo marchaba
forzosamente hacia adelante,
que los urbanistas erigían ciudades
propicias para la felicidad.
y ocurrió que la brisa,
             el Olor a lluvia,
las costumbres sociales postcapitalistas
Y el ruido de una fiesta que moría
           prematuramente
    propiciaron el encuentro.
Jamás advertimos
que la sed tiene voluntad y lenguaje,
fórmulas, consecuencias,
que los ojos tristes y furtivos,
los silencios,
las sonrisas,  los brazos que se posan
       por accidente
siempre allanan el camino.
           más tarde,
desnudos los cuerpos
producto de la contingencia
                            y del desorden
las manos
ávidas, indecorosas
                      descienden
      escalan abismos,
disuelven dioses y horizontes
mientras sus senos y su vientre
adquieren la consistencia
de un lectura prohibida.

abolidas
             la razón,
     las palabras,
dos animales
                  se precipitan
y fallecen
entre la repentina soledad
y el desconcierto
       el arrebato
impreciso, abstracto
nos traiciona
y siempre
regresamos a un mundo
que nadie puede cambiar.

domingo, 16 de enero de 2011

Concierto de bolsillo

A las 02:34 un ciclista insomne y descuidado se estrelló contra la M iluminada de un Mcdonalds donde un empleado inescrupuloso robaba los zapatos de los niños que subían al parque, descalzos, para venderlos y así poder financiar su recién adquirida afición a las apuestas en carreras de caballos.
A las 02:34 Jérôme, crítico literario de un periódico de tercera, escribió, acerca de Belén Ullán, "es la mejor poetisa lesbiana desde Safo", y soltó una carcajada.
A las 02:34 una estudiante descubre la belleza de una fórmula matemática, solo para darse cuenta, un poco más tarde, que erró por una fracción y que la belleza es efímera.
A las 02:34 Andrés aprendió con éxito a manejar una navaja sobre el rostro de un desposeído.
A las 02:34 un niño de 11 años halló una perla mientras comía ostras a deshoras en un local Phillies, al norte.
A las 02:34 una anciana rompe la vitrina de una farmacia cuando el farmaceuta le pide que tome un número «cómo los demás».
A las 02:34 alguien se pregunta: ¿Quién no hubiera deseado tener por interlocutor a un ciudadano llamado Federico?
A las 02:34 Lucrecia lee versos de Wordsworth y se identifica en cada una de sus palabras y prefiere no haberlos leído nunca.
A las 02:34 un ciudadano honesto llamado Federico nota que su reloj de pulsera no funciona y que acaba de soñar con la espalda desnuda de la muchacha pintada por Degas.

En otro reloj, el minutero es inclemente: Dan las 02:35.

lunes, 18 de octubre de 2010

Nunca desayunarás en Tiffany

Nunca desayunarás en Tiffany, ni beberás
ese licor frío de los desesperados
ni tomarás esa fotografía, ni dirás
—con seño de intelectual fracasado—
"vaya, Modigliani era italiano"
nunca venderás lobotomías al por mayor
ni derribarás el puente, ni escribirás
Europa es un promontorio
que se desintegra de acuerdo a las estadísticas.
Nunca desayunarás en Tiffany, ni dirás a tu mujer
¿Has oído hablar del Código Napoleónico?
antes de hacerle el amor a su hermana
escondido tras farolillos auténticamente chinos.
nunca, nunca desayunarás en Tiffany
ni gritarás el nombre Stella bajo el balcón
solo
mirarás hacia atrás con ira
y dirás:
"vaya, nunca
llegaré
a ese lugar del que nunca quiera
regresar".


M.V.M

miércoles, 15 de septiembre de 2010

¿Por qué escribe usted?

Porque el fantasma porque ayer porque hoy:
porque mañana porque sí porque no
Porque el principio porque la bestia porque el fin:
porque la bomba porque el medio porque el jardín

Porque Góngora porque la tierra porque el sol:
porque San Juan porque la luna porque Rimbaud
Porque el claro porque la sangre porque el papel
porque la carne porque la tinta porque la piel

Porque la noche porque me odio porque la luz:
porque el infierno porque el cielo porque tú
Porque casi porque nada porque la sed

porque el amor porque el grito porque no sé
Porque la muerte porque apenas porque más
porque algún día porque todos porque quizás

Oscar Hahn

martes, 10 de agosto de 2010

Yo le temo a Virginia Woolf


—¡Martha!— gritó Richard Burton, disfrazado de George.
—¿Qué?— contestó Elizabeth Taylor, disfrazada de Martha.
—Nuestro hijo ha muerto— dijo Richard Burton, disfrazado de George, mientras dejaba caer al suelo la décima edición de Orfeo y Eurídice, escrita por Eliot.
—Mientes— dijo Elizabeth Taylor, disfrazada de Martha.
—No. En verdad ha muerto. La guerra. Una bala. Sangre —dijo Richard Burton, disfrazado de George, mientras recogía el libro del suelo.
—Nunca tuvimos hijos, George— objetó Elizabeth Taylor, disfrazada de Martha, mientras bebía un trago de coñac.
—Siempre quise tener hijos que murieran en la guerra —reclamó Richard Burton, disfrazado de George—, pero como tu útero nunca fue lo suficientemente fecundo, tuve que imaginarlos.
—No hables de mi útero frente a los invitados, George —exigió Elizabeth Taylor, disfrazada de Martha, mientras bebía otro trago y fumaba un cigarrillo.
—¿Cuáles invitados, Martha? —preguntó Richard Burton, disfrazado de George.
Nick, Honey, el lector, el cinéfilo … —contestó Elizabeth Taylor, disfrazada de Martha.
—¿Por qué el lector? ¿por qué el cinéfilo? —preguntó Richard Burton, disfrazado de George.
—Porque no sé si nos leen o nos observan —contestó Elizabeth Taylor, disfrazada de Martha, bebiendo otro trago, fumando otro cigarrillo.
Ah— dijo Richard Burton, disfrazado de George, pensativo, mirando al lector, mirando a la cámara.
—La culpa no fue solo mía, George —continuó Elizabeth Taylor, disfrazada de Martha, molesta por el comentario sobre su fecundidad —eras tan poco viril. Siempre que quería tener sexo me dabas las espalda. Siempre que quería follar argumentabas que las condiciones geopolíticas no eran favorables para concebir hijos que murieran en la guerra, que era preferible esperar alguna revolución en los Balcanes o un conflicto en oriente medio. ¿Recuerdas, George, bastardo?
—Los intelectuales somos así —contestó Richard Burton, disfrazado de George, iracundo, enterrando la undécima edición de Pelléas y Mélisande escrita por Gluck en el cráneo de Martha.
—Los intelectuales son así —dijo Elizabeth Taylor, disfrazada de Martha.
—Los intelectuales somos así —repitió Richard Burton, disfrazado de George—: Consideramos como virtud moral el respeto escrupuloso del orden de la fila, leemos obras filosóficas para calmar los impulsos primarios, follamos únicamente por motivos reproductivos y patrióticos y le clavamos libros a nuestras esposas como forma de reafirmar esa costumbre histórica que indica que se debe utilizar la violencia para evitar la revolución.
Cállate, George. Nos aburres a todos con tus oraciones largas —dijo Elizabeth Taylor, disfrazada de Martha, bebiendo licor directamente de la botella.
Los invitados salieron en desbandada. Martha subió a su habitación y George hizo lo mismo. Martha se sentó frente al tocador para quitarse el maquillaje. George se metió en la cama, encendió la lamparita de noche y abrió al azar la obra Comentarios Morales Sobre la Vida de Manon Lescaut. Martha se metió en la cama un rato más tarde. George apagó la lamparita y le dió la espalda.
—Te odio, Martha. Eres un monstruo con aliento a ginebra.
—Te odio, George, eres un impotente profesor de clase media —dijo Elizabeth Taylor, disfrazada de Martha, hiriendo la entrepierna de George con unas tijeras de jardinería que guardaba bajo la almohada.
—Buenas noches, Martha.
—Buenas noches, George.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Hace dos meses que vivo solo, en un pequeño apartamento ubicado al extremo de la orilla más lejana de la ciudad. Al principio me resultaba extraño caminar hasta un edificio que queda al extremo de la orilla más lejana de una ciudad (cualquier ciudad), tomar el ascensor, subir al noveno piso, sacar la llave de mi bolsillo, introducirla, girarla, empujar la puerta y entrar a un apartamento que se mantuvo solo durante el tiempo en que no estuve y que se mantiene solo aun estando yo ahí, haciendo ruido, apagando un libro, cerrando la televisión o estudiando con una muchacha o besando a la misma muchacha que se niega a vivir en el apartamento, conmigo, porque es independiente y no quiere apegarse y porque sospecha que un día yo abandonaré el apartamento y no me encontrará ahí y porque imagina que yo sospecho que un día ella me abandonará, por siempre, dejándome ahí.
No la culpo y ella tampoco me culpa: Nadie está dispuesto a vivir por mucho tiempo en un apartamento que se mantiene solo aun estando habitado.
En realidad, soy condescendiente con la actitud del apartamento, porque todos los lugares están hechos para ser eventualmente abandonados y el apartamento lo sabe y por eso yo no lo culpo por ser como es y la muchacha tampoco lo hace.
Sé que un día lo abandonaré todo sin decirle nada a la muchacha y ella me abandonará a mi sin decirme nada y abandonaremos —los dos, sin cortesía— el apartamento que se empeña en mantenerse solo aun estando habitado y descubriremos que todos tuvimos razón.

martes, 6 de julio de 2010

en las noches de insomnio siempre retorno a la misma posibilidad.

Variación de imposible caligrafía:
en las noches de insomnio siempre retorno a la misma posibilidad.

Confesión.
ya dejé de temerle a la oscuridad. ahora temo a que me asalte un viejo remordimiento. no es nada grave, pero se empeña en joderme.

No es plagio.
"...intenté advertiros, hijitos, hijitas mías, que en la telaraña de los acontecimientos pueden producirse (y de hecho se producen) saltos disímiles que os llevan del uso consciente del fuego y del descubrimiento de la rueda, a la lectura de horóscopos dominicales, revistas de índole religiosa y folletines publicitarios mientras defecáis..."
M.V.A.

lunes, 28 de junio de 2010

La libertad, me dijiste, consiste en cortarse la oreja izquierda mientras escupes colores sobre un lienzo
la libertad, refuté, es cerrar el puño con fuerza frente al desfile del emperador hasta que brote sangre
libertad, intervino alguien más, es pintar las vocales como lo hizo rimbaud:


A negra
E blanca
I roja
U verde
O azul


Libertad, dijo un viejo, afamado catedrático de Yale, no radica en pintar las vocales; después de todo, A negra no conduce a nada, ni a la muerte, ni a la embriaguez religiosa. Libertad es taparse la boca para no escuchar la macabra ambiguedad de la voz de Farinelli (el último de los castrati) o simplemente escapar a los estados menos meridionales de la galaxia para hacer la revolución.
¡No!, gritó la muchacha loca inventada por Yeats, la libertad es eso y alguna cosa más. Libertad es un poema, un sueño distinto.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Gymnopédies

Hay días en los que no me provoca hacer nada. Despierto, miro al techo o contemplo la luz muy tenue que se filtra a través de la ventana.
y pienso si vale la pena levantarse, bañarse, vestirse y salir de nuevo a las calles del eterno retorno.
y me pregunto por qué el destino o la casualidad nos abandonó a las puertas de las peores galaxias, por qué me enseñaron la más triste de las cosmogonías.
y siempre o casi siempre me inyecto ánimos, tomo el bastón y salgo a la calle, olvidando los argumentos que recomiendan hacer lo contrario.

Hay días en los que, cansado, me vendo a la falsedad, fingiendo estar de acuerdo, aceptando posturas ajenas como propias, incluso defendiéndolas.
Hay días poco afortunados en los que me visita, de pronto, un viejo remordimiento o una voz o un olor que creía olvidados.
Hay días muy afortunados en los que escribo un par de líneas acertadas o una metáfora o simplemente hago lo que debo hacer o simplemente lo intento. Entonces soy feliz.
y creo que vale la pena levantarse, bañarse, vestirse, tomar el bastón, inyectarse ánimos y salir a las calles del eterno retorno, recordando los argumentos que refutan a los argumentos que recomiendan hacer lo contrario.
y en ese instante siempre o casi siempre surge una vocecita que me dice "despierta".
—Despierte usted —le contesto yo—
—¿Ah?
—Nada.

viernes, 8 de enero de 2010

Hielo y fuego

El mundo acabará, dicen, presa del fuego;
otros afirman que vencerá el hielo.
Por lo que yo sé acerca del deseo,
doy la razón a los que hablan de fuego.
Mas si el mundo tuviera que sucumbir dos veces,
pienso que sé bastante sobre el odio
para afirmar que la ruina sería
quizás tan grande,
y bastaría.

Robert Frost


Some say the world will end in fire,
Some say in ice.
From what I've tasted of desire
I hold with those who favor fire.
But if it had to perish twice,
I think I know enough of hate
To say that for destruction ice
Is also great
And would suffice.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Final del año

Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni esa metáfora baldía
que convoca un lapso que muere y otro que surge
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.
La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.

Jorge Luis Borges.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Farsa teatral

Acto VI

(Wagner pasa volando en una escoba a 400.000 k.m. por hora y escribe de un tiro La Valkiria, ópera de contenido nacionalista subyacente. Lloyd Weber es el encargado de montar el espectáculo. L.B elige a una cantante venida a menos para el papel de Brunilda).

Brunilda. (Canta) —

Yo albergo
los más sagrados frutos:
la pena, la muerte, el dolor.
Alumbraré
lo que asustada cobijo:
Disuasorios terrores.
Conozco el miedo
y la verdad:

Nadie conserva
la espada de Siegmund,
nadie la ha forjado.
No existe el este,
no existe el bosque.
Fafner nunca,
nunca, nunca, nunca
llevó a ningún lugar
el no tesoro de los nibelungos.

(Brunilda se suicida)


María Callas. —De haberme dado el papel nada de esto hubiera sucedido.
Lloyd Weber. —Usted no era lo suficientemente venida ni lo suficientemente a menos. Entienda, al público le agrada la miseria.
María Callas. —Ellos se lo pierden.

(Callas huye a otra galaxia con Aristóteles Onassis en un yate de casco agrietado. Hiroshima es bombardeada. Dios bosteza y se pone a jugar a los dados con el universo. Se suicida. Einstein formula su famosa teoría. Mozart clama por atención. Oscurece.)


(Se ilumina el escenario)

Nietzsche. —Dios ha muerto.
Hegel. —¡Criminal! ¡Me ha plagiado! Llamaré a mi abogado.
Jimmy Carter. —Caballeros, creo que podemos llegar a una solución amigable, ¿les gustaría acompañarme a Camp David?
Hegel. —¿Iremos en avión? Nunca me he montado en uno.
Jimmy Carter. — En el Air Force One, con asientos reclinables y bocadillos de caviar de importación.
Nietzsche. —Oh, las maravillas del progreso.
Mozart. (impetuosamente) —¡Exijo me presten atención! ¡No me ignoren! ¡Soy un niño prodigio!

(Nietzsche apuñala a Mozart. Jimmy Carter y Hegel hacen lo mismo)

Mozart. —¿También tu, Bruto?
Bruto. —Ellos empezaron.
Nietzsche. —Según la biblia todo comenzó con la creación...

(Una turba enardecidad irrumpe en el lugar)

Turba enardecida. —¡Queremos que se nos dé una explicación! ¿Por que mataron a Mozart? ¡Que se nos explique!
Jimmy Carter. —¡Amigos, romanos, compatriotas americanos, prestadme atención! Oídme defender nuestra causa y guardad silencio: El corazón tiene razones que la razón desconoce y la razón tiene razones que el corazón finge desconocer por terquedad o por desquite. Vosotros sois seres irracionales, en consecuencia nunca llegaréis a entender las razones del corazón que la razón desconoce ni las razones de la razón que el corazón finge desconocer. Por tanto, puesto que no entendéis las razones del corazón y las razones de la razón, que a su vez se desconocen reciprocamente, tampoco entendéreis las razones que nos impulsaron a matar a Mozart. Regresad a casa, dormid y consentiros con el sueño erótico que os agrade.
Sócrates.— Es una explicación absurda.
Turba enardecida. —¡A por Jimmy!
Jimmy Carter. —Toleradme, mi corazón esta ahí, en esa fosa común, con Mozart, y he de detenerme hasta que torne a mí... o hasta las próximas elecciones.
Turba enardecida. —¡Que se nos explique!
Nietzsche. (con aire de catedrático de Harvard) —Mozart reunía la insoportable condición de niño prodigio, músico aclamado y austríaco. Su asesinato era inminente.
Hegel. —También era masón.
Papisa Juana. —¿Lo excomulgo?
Hegel. —¿Después de muerto?
Papisa Juana. —Claro, excomunión post mortem. El catolicismo está a la vanguardia.
Jimmy Carter. —Proceda.

(Los bigotes de Salvador Dalí adquieren rigidez erótica mientras observa como la turba enardecida secuestra y arrastra por las calles a la Papisa Juana antes de que esta consumara la excomunión. Einstein gana el premio nobel. Katherine Hepburn intenta lobotomizar a Elizabeth Taylor con la ayuda de Montgomery Clift, pero este se arrepiente en el minuto previo al big bang. Sócrates está al borde de la desintegración neuronal. La turba enardecida planea tomar La Bastilla)

Sócrates.—No lo soporto más. Reniego de su raza. No quise nacer entre ustedes.
Jimmy Carter. —La negación, la queja y la angustia existencial ahora son propiedades del estado. A la cárcel.
Sócrates. —Me resigno.
Jimmy Carter. —Cállese.
Katherine Hepburn. —A los occidentales nos sobra racionalismo.
Hegel. —Nos falta.
Nietzsche. (durante un acceso de demencia sifilítica) —Toto, me parece que ya no estamos en Kansas.
Jimmy Carter. —No importa, todos los caminos conducen a Baltimore.

(Jimmy Carter suspende las garantías constitucionales para controlar a la turba enardecida, ordena ejecutar a 600 sans culottes y condena a Sócrates a beber la cicuta)

Sócrates. —Critón, le debemos un gallo a Asclepio, pagad la deuda, no lo olvidéis.

TELÓN

domingo, 18 de octubre de 2009

Lo demás no importa.

No resista la tentación de vagar errante por los cementerios. Si quiere ser escritor estudie El Capital. Las teorías marxistas lo conducirán a la pobreza. La pobreza al hambre. El hambre a la melancolía y la melancolía a escribir. Si le ofrecen firmar un pacto con la realidad rechácelo con una nota o con una sinfonía. Beba con fruición cócteles de éter, morfina y coco. Lea gran parte de la noche y en invierno viaje al sur. Disfrute el relente nocturno. Emociónese con la apoteosis final de la 9na de Beethoven o sumérjase en letargo con los preludios de Chopin. Todo con carácter imperativo. Lo demás no importa.

sábado, 10 de octubre de 2009

Consejos paternos. Una muerte digna.

Consejos paternos.

—Desconfía, cásate, ten varios hijos y una amante que te proporcione un escape de la monotonía y excelente sexo clandestino. Sé feliz o intenta ser feliz o solo finge ser feliz, como hacemos tu madre y yo. Procura ser un buen ciudadano o al menos paga los impuestos, procura ser un buen vecino o al menos paga las cuotas de condominio, procura ser un buen samaritano o al menos aporta unas limosnas (sin comprometer tu salario). Estudia, trabaja, come, bebe, caga, duerme y sueña solo lo necesario. ¡Ah! recuerda levantarte temprano, mañana es domingo e iremos a la iglesia.

El niño parpadeó, apenas tenía cinco años.


Una muerte digna.

Hacer el amor durante tres días de mil años con una mujer blanca, negra o del color de los jacintos. Hacerlo hasta lograr la máxima tensión en el último de los tendones o hasta que todo el cuerpo duela. Olvidar, de a poco, toda la filosofía, toda la poesía, toda la música y las modernas teorías del estado. Olvidar los amores platónicos y el silogismo aristotélico. Olvidar las aspiraciones políticas, las pretensiones intelectuales, las treguas, las guerras, las ideas preconcebidas, el arrepentimiento, la moral burguesa, el marxismo, el fracaso, la realidad y todas las mentiras que nos contó la maestra.

Hacer el amor, tener sexo, lenta, mansamente, furiosamente sobre la tumba de cien antepasados sajones sin sentir remordimiento. Volver al verdadero estado natural del que habló Rousseau. Sentir la afición al infinito que soñó Baudelaire, antes del fin, durante el paroxismo, cuando se nublan los ojos.
Después, cuando el cansancio acabe casi por completo con la voluntad, saltar al Iguazú, donde el agua y el estruendo disuelvan la carne, los huesos, todo el miedo, todo el hastío, toda la ira. Todo en absoluto. Hasta la última molécula de condición humana.
Que el Eros aseste una estocada mortal, ineludible a la civilización. Que gane Marcuse. Que otros más o menos afortunados hereden el mundo.


lunes, 21 de septiembre de 2009

Paseo por la ciudad.

Ropa elegante para ser visto. Diván otomano para la mujer emancipada. Máscaras a mitad de precio, el placer orgásmico de los estetas.
La lluvia empaña la vitrina del mall ultramoderno, borrando lentamente aquellas formas. Las nubes visten a la ciudad para un funeral. En la otra calle un local exhala tristes conversaciones de café.
Escuchemos:
—Yo sigo la rutina de Elliot: Leo gran parte de la noche y en invierno me voy al sur.
—Estamos en el sur.
—Hablo de un sur imaginario.
Ah.
—Nada de "ah". Cada quien procura su felicidad.
—Despides suspiros breves y poco frecuentes, muchacha de los jacintos.
—Es el recuerdo... André ...
—¿Murió?
—Ni siquiera vivió, solo lo he soñado.
Olvídalo. Escapa conmigo.
—No puedo: El mundo no para de girar, el gramófono sigue sonando y los romances de café, de tranvías y trineos están destinados al fracaso.
—Calla, no derrames más sombras sobre la mesa ni irracionalismo sobre mi corazón burgués. Me iré lejos, a Viena, a Londres o a Jerusalén. Pierdo mis huesos, afuera sigue lloviendo...

A una manzana de distancia el estado edifica un rascacielos. Cuando esté terminado será el monumento más grande construido en honor al absoluto inasequible. En un baño público un hombre bebe una mezcla alucinógena y atisba el infinito. Una mujer cierra su paraguas para abordar un taxi. Otra lo abre. El metro, veloz, llega hasta el centro. Allí el espectáculo es distinto. Una manada de indigentes busca refugio en un callejón. Alguien resbala sobre el asfalto húmedo. Bulla, lamentos y otros ruidos. Un poeta delirante blasfema. Gozo y decadencia. El progreso. El rumor del agua que cae. Lejano estrépito de bocinas y motores y algunas risas maliciosas. Volvemos al punto de inicio y, al girar en una esquina, la noche, las luces y la certeza de que nunca regresaremos a casa.

jueves, 10 de septiembre de 2009

Fiesta.

Del tocadiscos emanaba un jazz antiguo, ambiguo, casi azul, propicio para el baile lento. Cerca de la entrada del salón donde se celebraba la fiesta, en la primera mesa de la izquierda, un grupo de políticos de derecha discutía las nuevas acciones que tomaría el partido gobernante. Decidieron por unanimidad que aumentarían los impuestos, acabarían con ciertas libertades dañinas y destinarían más fondos a actividades de corrupción, cuestión de primera necesidad para el mantenimiento del statu quo. Ante la posibilidad de declararle la guerra a un estado enemigo todos coincidieron en no hacerlo. No por convicción moral, sino por afortunada holgazanería.

A unos pasos de donde se hallaban los políticos, Simón Bolívar y Simone de Beauvoir mantenían una imposible conversación mientras tomaban cócteles de sueños irrealizables. Junto a ellos, Marx y Adam Smith jugaban al Monopoly. Marx siempre perdía porque los habitantes imaginarios de las casas y los hoteles seguramente eran burgueses insensibles o proletarios que ignoraban El capital. Inesperadamente, entró a la estancia Ernest Hemingway ebrio y disparando una escopeta, como si cazara a un rinoceronte africano.
—No está cazando —explicó Alfred Hitchcock, mirando hacia la cámara y acabando con la vana ilusión de realidad —Solo lucha con sus fantasmas.
Una de las balas disparadas por Hemingway atravesó el cráneo de un hombre condenado a desempeñar el rol histórico de víctima por toda la eternidad. Fue víctima del hundimiento del Titanic (3era clase, ascensores cerrados), víctima inocente de la 1era guerra, víctima de la recesión del 29, víctima del Holocausto, víctima de la hambruna en África, víctima de la crisis hipotecaria, víctima de esa bala y en el futuro sería víctima de otros desastres.
Luís XVI y María Antonieta —aristocráticos y guillotinados— observaron el cuerpo del hombre-víctima por encima del hombro y por debajo de la solidaridad. Los demás invitados acordaron tácitamente obviar el cádaver, olvidar el incidente y sobornar a Miss Marple para que inculpara al mayordomo y no a Hemingway, demasiado importante para ir a la cárcel.

La fiesta marchaba bien. Tenía un tono deliciosamente caótico y decadente que alegraba a todos. En el centro del salón, la prostituta con mensaje filosófico positivo, la detective de pasado oscuro y la descendiente de Jesús bailaban con Coelho, Katzenbach y Brown, respectivamente. Entre cada canción se hacían cariños y por cada cariño se le escapaba a Truman Capote una frase cargada de envidia y afectación, como «en esta fiesta entra cualquiera» o «que horrible espectáculo» y la muy reveladora «a pesar de ser una mierda, venden más que yo».
El alcohol desgarraba de a poco la mesura de la sociedad occidental. Ronald Reagan, Sigmund Freud y Margaret Thatcher salieron por la puerta de atrás e iniciaron una competencia para ver quien orinaba más lejos. Reagan sufría de incontinencia y orinó sus pantalones. El chorro de Freud alcanzó un metro de largo y manchó una edición corregida de Principios de psicología de William James. El de Margaret Thatcher, gracias a su pene de aleación de titanio, llegó a las Malvinas. Los reyes ingleses, que presenciaron la competencia por casualidad, condecoraron a Thatcher con la Orden de la Jarretera.

Mientras tanto, en el baño de damas ocurrió un encuentro extraordinario: La Alicia anoréxica del país desarrollado halló a la Alicia caquéctica del país subdesarrollado y esta le presentó a la Alicia utópica del país de las maravillas. Se enemistaron rápidamente y juraron enfrentarse durante el apocalipsis.

El alcohol revelaba de a poco los sentimientos de la sociedad occidental y facilitaba la expiación de sus pecados. En un pasillo, Hitler sollozaba bajo la mirada algo comprensiva, algo diabólica de la Madre Teresa.
—No fue mi culpa —le dijo— sino de Wagner, que lo aboca a uno a la carnicería.

El hombre que había fungido como anfitrión de la fiesta despertó súbitamente y descubrió que la realidad verdadera era peor que la realidad que había soñado. El anfitrión despertó súbitamente y descubrió que tuvo un sueño dentro de un sueño y que la realidad verdadera era peor que las que había soñado. El anfitrión despertó súbitamente, decubrió que era infeliz y que la realidad verdadera era peor que las otras realidades. El anfitrión despertó súbitamente, descubrió que el divorcio era la solución y que la realidad verdadera era peor que todas las anteriores. El anfitrión despertó súbitamente, descubrió que quería ser niño y que la realidad verdadera era muchísimo peor. El anfitrión despertó súbitamente y descubrió que era niño, que deseaba ser adulto y que la realidad verdadera era exponencialmente peor a todas las realidades soñadas. El anfitrión despertó súbitamente, descubrió que era adulto, revolucionario y que la realidad verdadera era simplemente peor. El anfitrión despertó y descubrió que era reaccionario. El anfitrión despertó y descubrió que era el hombre-víctima. El anfitrión despertó y descubrió que no era el anfitrión. El anfitrión despertó y descubrió que era un anfitrión relativo. El anfitrión despertó y descubrió que el dinosaurio todavía estaba allí. El anfitrión despertó y descubrió que era Rip Van Winkle, que había dormido durante 20 años y que no hubo ninguna fiesta . El anfitrión despertó y descubrió que vivía en un mundo que no podía cambiar, que las angustias metafísicas corroían su existencia y que estaba al borde de la locura. Consultó al psiquiatra y este le recetó un suicidio. El anfitrión no despertó más.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

XX

Eran tardes menos calurosas de juegos de mesa y de Mood Indigo ensoñado.
El abuelo fumaba blues en la ribera del ocaso y una vecina hacía redes para pescar con sus nietos en el Atlántico, llenando nuestros días con música de máquina Singer bien temperada, a modo de fuga de Bach.
Anita Hart dinamitó el tablero de Monopoly llevada por la ira, consecuencia de su inversión en propiedades azules muy caras no favorecidas por el azar.
Eran tardes de aventuras en la azotea.«Si te acercáis a la orilla —me dijo— podéis ver una grietecita en la estructura de 5 cm. o de 10 cm. o de 15 cm., no estoy muy segura. El conserje me contó que llega hasta el subsuelo y hace llorar al edificio».

Papá y mamá nos daban sabios consejos y prodigaban afirmaciones gratuitas: En momentos de tribulación —decían— debes leer a Camus y pensar seriamente en el suicidio.

eran tardes con olor a siglo XX
cuna de sueños realizables
idealizado por la memoria

De repente, todas nuestras angustias fueron a parar a la televisión. La divorciada encontró telenovelas y el inseguro encontró pornografía. En los Jardines Kensington alguien dejó caer un tomo de Lewis Carroll. El abuelo soltó su cigarrillo y este soltó las últimas notas de un blues muy oscuro, perdido ya para siempre.

«Si te acercáis al abismo —me dijo Ana— podéis ver una grieta gigantesca que conduce al siglo XXI y te hace estremecer de miedo»

viernes, 21 de agosto de 2009

Desvaríos y divagaciones.

1. Praga.

Praga es una ciudad de payasos y prostitutas. Tan poblada de ambas cosas como el Vaticano lo está de locos. Andrés lo ha dicho y es cierto. Él nunca miente.
Andrés vivió en Praga, la conoce bien. Sabe que sus calles están llenas de payasos y prostitutas. Los primeros planean derribar las casas y los castillos y construir carpas de circo. Para hacerlo deben tener mayoría en el congreso, pero no la tienen y es imposible que en Praga una prostituta cambie de partido. El Partido Popular de las Prostitutas de Praga y el Partido Popular de los Payasos de Praga, increíblemente, tenían las mismas siglas: PPPP, lo que generó una terrible confusión y una batalla feroz entre ambos bandos. Como las prostitutas de Praga tenían la mayoría en el congreso se quedaron con el PPPP.
Andrés me contó que las prostitutas de Praga son hermosas y pervertidas y que conocen las artes amatorias mejor que las otras prostitutas de Europa y demás continentes. Eso contribuye a su popularidad. Ellas entienden las necesidades del pueblo de Praga y saben que allí el orgasmo priva sobre la risa.
La Ciudad del Vaticano, a su vez, está llena de locos. Le pregunté a Andrés cómo puede mantenerse en pie una ciudad repleta de locos, cómo sobrevive una ciudad gobernada por insanos.
Me contestó que él casi no habla de política, pero que seguramente el Vaticano, la ciudad llena de locos, sea un gran manicomio.

2. Charla de Catedráticos.

—Predecir el futuro es una labor ardua, como lo es amar sin ser amado, caminar cansado o leer a Tolstói a media noche.
—La noche no fue hecha para leer a Tolstói—Intervino el catedrático Reus—, tampoco la luna o el chocolate.
—El día, en cambio, ama a Tolstói. Es como si Dios en su infinita sabiduría hubiera creado el sol y la mañana para Tolstói y para los que leen sus obras.
—Tolstói, en ese caso, vendría a ser su hijo predilecto; su niño consentido, un bebito malcriado al que se la dado el sol, el rocío, la brisa matutina, la mañana entera.
Todo.
—Siento envidia —dijo un catedrático.
—Siente envidia —dijo un catedrático acusón
—Sentimos envidia —dijeron todos los catedráticos con sinceridad.
— No cabe duda: Predecir el futuro es una labor ardua, como lo es amar sin ser amado, caminar cansado o leer a Tolstói.

3. Última clase de la maestra La Fayette de 5to grado.

Investiguen la diferencia entre lo posible y lo probable, estudien todo lo referente al pasado y al presente, analicen todas las posibilidades que les depara el futuro incierto y hagan un ensayo con una extensión no menor de cuatrocientas cincuenta mil páginas cúbicas o de 98 kg., ni un metro más ni un litro menos.
Cuando mañana llegue será hoy y luego ayer. Cuando mañana llegue y sea hoy y luego ayer, probablemente mueran, por eso necesito que entreguen el ensayo rápido. Quizás ustedes hayan muerto ayer, que es una maravillosa consecuencia de mañana y de hoy. Si es así, hagan caso omiso y disfruten las vacaciones: Nada de esto importa.


4. De 2006 recuerdo ...
de dos mil seis recuerdo
dedosmilseisrecuerdo
una fiesta

donde aquélla muchacha
(Vanessa)

me dijo susurrando

al oído
«Si»

miércoles, 19 de agosto de 2009

Foxtrot (penúltima ensoñación)

Mi madre dictaba las últimas indicaciones de la tarde. Mi padre asentía. Hijo mío —dijo ella— péinate y cámbiate que iremos al club.
—No olvides el foxtrot —agregó mi padre— Que aprenda a bailar el foxtrot.
—Que aprenda y aprehenda: El foxtrot es arte, ciencia y técnica.
—¡Cuanta razón tienes! El foxtrot es eso y mucho más.
—Sé que tengo razón —dijo mi madre con cierta prepotencia— El foxtrot es eso y, además, es un estilo de vida, una filosofía. La joya mejor guardada de la transculturización.
—Transculturización... se nota que has leído el diccionario, querida.
—Solo la sección de la letra T que, según Espasa, representa fonéticamente un sonido de articulación dental, oclusiva y sorda.
— Hermosa letra la T.
—Hermosísima y llena de complejidades. Al estudiarla me dí cuenta que entre tabernáculo y transexual existe, además de una interesante brecha lingüística, una brecha moral que separará por siempre al judeocristianismo de los degenerados, que de la troika a la turbohélice hay una increíble revolución científica, del tango al twist hay todo un idioma y varios países de distancia...
— ¿sabes una cosa, querida? —interrumpió mi padre antes de que mi madre diferenciara el tráfico transiberiano del transpirenaico— Desde el principio esta conversación me pareció algo absurda. Creo que nuestro hijo se burla de nosotros.
— Si, se burla descaradamente. Nos hace parecer prejuiciosos, tontos e inútiles eruditos de la letra T. Por otra parte, esta ensoñación presenta algunas inconsistencias con respecto a la anterior. Nuestro hijo, en definitiva, merece un castigo.
— No nos acompañará al club. Ese es el castigo.
— Exacto, que no nos acompañe. De todas formas, el foxtrot, que es arte, ciencia y técnica, no se aprende de un día para otro.

viernes, 31 de julio de 2009

Ensoñación de la infancia y de la juventud.

Mi infancia transcurrió entre Estados Unidos y Andorra La Vieja. Entre el salvaje capitalismo neoliberal y la ignominia del olvido. Mi niñez temprana y dependiente tuvo cobijo en el seno de un hogar contradictorio: Mi madre era ambiciosa, gustaba de la ironía y el sarcasmo y, en ocasiones, era muy sentimental. Tan sentimental que si llovía, lloraba. Si llovía fuerte, lloraba con fuerza y si la lluvia mojaba la ropa tendida de algún vecino, lloraba y blasfemaba. Mi padre, a su vez, era un hombre conservador, retraído y estudioso de la ética platónica. Los quise y aún recuerdo sus conversaciones. «Querido —decía mi madre— deberíamos comprar un piso en East California. Es una zona fina, con prestigio.» Y él contestaba: «Si ganara más, mientras tanto solo podemos alquilar» Yo les pregunté por qué querían mudarse a East California y ambos dijeron al unísono: «Hijo mío, porque somos estetas y vivimos de la máscara» Como tenían eso en común, su matrimonio fue relativamente feliz, al igual que todos los matrimonios relativamente felices de la cultura occidental (en blanco y negro) de esa época.

Crecí y alcancé la adolescencia. Recuerdo que una noche, mientras me disponía a tomar el metro, ví a una mujer rubia muy atractiva. Ella mostraba las piernas sensualmente encima de un respiradero. Me la comí con la vista. Sentí envidia del respiradero y del aire que tocaba sus muslos. Por culpa de un impulso adolescente le confesé mis deseos. Ella me dijo, con descaro, que solo amaba a presidentes o a candidatos presidenciales y que solo a ellos se entregaba. Decepcionado, juré nunca más utilizar el metro y me dediqué, como todo adolescente correcto al estudio, primer cimiento del gran edificio de las ambiciones futuras. También quise acabar con la vida de Kennedy, pero alguien se adelantó.
Por obra y gracia del destino o de la casualidad conocí a Vanessa. Con Vanessa me entregué a la disipación. Ella parecía creada para eso. Y como la hora fue propicia tuvimos sexo, maliciosa e irresponsablemente, de pie y sobre la cama de sus padres. Escuchamos música que nos pareció excitante y alegre porque estábamos alegres y excitados. Probamos, infantil e irresponsablemente, el cigarrillo y la marihuana. Fuimos felices y sentimos la afición al infinito de la que habló Baudelaire. Pero ella iba, sin darse cuenta, del punto A al punto B y yo realizaba el recorrido inverso. Por obra y gracia de la casualidad nos encontramos a la mitad y la afición fue efímera y el infinito, finito.

De aquí en adelante esto tomará una velocidad vertiginosa porque es tarde y quiero terminar.

Fui a la guerra, disparé, maté y perdí la humanidad que me quedaba. Ahora que tengo más edad me dedico a la nostalgia, el deporte predilecto de los caballeros.