jueves 5 de noviembre de 2009

Farsa teatral

Acto VI

(Wagner pasa volando en una escoba a 400.000 k.m. por hora y escribe de un tiro La Valkiria, ópera de contenido nacionalista subyacente. Lloyd Weber es el encargado de montar el espectáculo. L.B elige a una cantante venida a menos para el papel de Brunilda).

Brunilda. (Canta) —

Yo albergo
los más sagrados frutos:
la pena, la muerte, el dolor.
Alumbraré
lo que asustada cobijo:
Disuasorios terrores.
Conozco el miedo
y la verdad:

Nadie conserva
la espada de Siegmund,
nadie la ha forjado.
No existe el este,
no existe el bosque.
Fafner nunca,
nunca, nunca, nunca
llevó a ningún lugar
el tesoro de los nibelungos.

(Brunilda se suicida)


María Callas. —De haberme dado el papel nada de esto hubiera sucedido.
Lloyd Weber. —Usted no era lo suficientemente venida ni lo suficientemente a menos. Entienda, al público le agrada la miseria.
María Callas. —Ellos se lo pierden.

(Callas huye a otra galaxia con Aristóteles Onassis en un yate de casco agrietado. Hiroshima es bombardeada. Dios bosteza y se pone a jugar a los dados con el universo. Se suicida. Einstein formula su famosa teoría. Mozart clama por atención. Oscurece.)


(Se ilumina el escenario)

Nietzsche. —Dios ha muerto.
Hegel. —¡Criminal! ¡Me ha plagiado! Llamaré a mi abogado.
Jimmy Carter. —Caballeros, creo que podemos llegar a una solución amigable, ¿les gustaría acompañarme a Camp David?
Hegel. —¿Iremos en avión? Nunca me he montado en uno.
Jimmy Carter. — En el Air Force One, con asientos reclinables y bocadillos de caviar de importación.
Nietzsche. —Oh, las maravillas del progreso.
Mozart. (impetuosamente) —¡Exijo me presten atención! ¡No me ignoren! ¡Soy un niño prodigio!

(Nietzsche apuñala a Mozart. Jimmy Carter y Hegel hacen lo mismo)

Mozart. —¿También tu, Bruto?
Bruto. —Ellos empezaron.
Nietzsche. —Según la biblia todo comenzó con la creación...

(Una turba enardecidad irrumpe en el lugar)

Turba enardecida. —¡Queremos que se nos dé una explicación! ¿Por que mataron a Mozart? ¡Que se nos explique!
Jimmy Carter. —¡Amigos, romanos, compatriotas americanos, prestadme atención! Oídme defender nuestra causa y guardad silencio: El corazón tiene razones que la razón desconoce y la razón tiene razones que el corazón finge desconocer por terquedad o por desquite. Vosotros sois seres irracionales, en consecuencia nunca llegaréis a entender las razones del corazón que la razón desconoce ni las razones de la razón que el corazón finge desconocer. Por tanto, puesto que no entendéis las razones del corazón y las razones de la razón, que a su vez se desconocen reciprocamente, tampoco entendéreis las razones que nos impulsaron a matar a Mozart. Regresad a casa, dormid y consentiros con el sueño erótico que os agrade.
Sócrates.— Es una explicación absurda.
Turba enardecida. —¡A por Jimmy!
Jimmy Carter. —Toleradme, mi corazón esta ahí, en esa fosa común, con Mozart, y he de detenerme hasta que torne a mí... o hasta las próximas elecciones.
Turba enardecida. —¡Que se nos explique!
Nietzsche. (con aire de catedrático de Harvard) —Mozart reunía la insoportable condición de niño prodigio, músico aclamado y austríaco. Su asesinato era inminente.
Hegel. —También era masón.
Papisa Juana. —¿Lo excomulgo?
Hegel. —¿Después de muerto?
Papisa Juana. —Claro, excomunión post mortem. El catolicismo está a la vanguardia.
Jimmy Carter. —Proceda.

(Los bigotes de Salvador Dalí adquieren rigidez erótica mientras observa como la turba enardecida secuestra y arrastra por las calles a la Papisa Juana antes de que esta consumara la excomunión. Einstein gana el premio nobel. Katherine Hepburn intenta lobotomizar a Elizabeth Taylor con la ayuda de Montgomery Clift, pero este se arrepiente en el minuto previo al big bang. Sócrates está al borde de la desintegración neuronal. La turba enardecida planea tomar La Bastilla)

Sócrates.—No lo soporto más. Reniego de su raza. No quise nacer entre ustedes.
Jimmy Carter. —Nacionalizamos la negación, la queja y la angustia existencial. Usted ha despilfarrado las tres. A la cárcel.
Sócrates. —Me resigno.
Jimmy Carter. —Cállese.
Katherine Hepburn. —A los occidentales nos sobra racionalismo.
Hegel. —Nos falta.
Nietzsche. (durante un acceso de demencia sifilítica) —Toto, me parece que ya no estamos en Kansas.
Jimmy Carter. —No importa, todos los caminos conducen a Baltimore.

(Jimmy Carter suspende las garantías constitucionales para controlar a la turba enardecida, ordena ejecutar a 600 sans culottes y condena a Sócrates a beber la cicuta)

Sócrates. —Critón, le debemos un gallo a Asclepio, pagad la deuda, no lo olvidéis.

TELÓN

domingo 18 de octubre de 2009

Lo demás no importa.

No resista la tentación de vagar errante por los cementerios. Si quiere ser escritor estudie El Capital. Las teorías marxistas lo conducirán a la pobreza. La pobreza al hambre. El hambre a la melancolía y la melancolía a escribir. Si le ofrecen firmar un pacto con la realidad rechácelo con una nota o con una sinfonía. Beba con fruición cócteles de éter, morfina y coco. Lea gran parte de la noche y en invierno viaje al sur. Disfrute el relente nocturno. Emociónese con la apoteosis final de la 9na de Beethoven o sumérjase en letargo con los preludios de Chopin. Todo con carácter imperativo. Lo demás no importa.

sábado 10 de octubre de 2009

Consejos paternos. Una muerte digna.

Consejos paternos.

—Desconfía, cásate, ten varios hijos y una amante que te proporcione un escape de la monotonía y excelente sexo clandestino. Sé feliz o intenta ser feliz o solo finge ser feliz, como hacemos tu madre y yo. Procura ser un buen ciudadano o al menos paga los impuestos, procura ser un buen vecino o al menos paga las cuotas de condominio, procura ser un buen samaritano o al menos aporta unas limosnas (sin comprometer tu salario). Estudia, trabaja, come, bebe, caga, duerme y sueña solo lo necesario. ¡Ah! recuerda levantarte temprano, mañana es domingo e iremos a la iglesia.

El niño parpadeó, apenas tenía cinco años.


Una muerte digna.

Hacer el amor durante tres días de mil años con una mujer blanca, negra o del color de los jacintos. Hacerlo hasta lograr la máxima tensión en el último de los tendones o hasta que todo el cuerpo duela. Olvidar, de a poco, toda la filosofía, toda la poesía, toda la música y las modernas teorías del estado. Olvidar los amores platónicos y el silogismo aristotélico. Olvidar las aspiraciones políticas, las pretensiones intelectuales, las treguas, las guerras, las ideas preconcebidas, el arrepentimiento, la moral burguesa, el marxismo, el fracaso, la realidad y todas las mentiras que nos contó la maestra.

Hacer el amor, tener sexo, lenta, mansamente, furiosamente sobre la tumba de cien antepasados sajones sin sentir remordimiento. Volver al verdadero estado natural del que habló Rousseau. Sentir la afición al infinito que soñó Baudelaire, antes del fin, durante el paroxismo, cuando se nublan los ojos.
Después, cuando el cansancio acabe casi por completo con la voluntad, saltar al Iguazú, donde el agua y el estruendo disuelvan la carne, los huesos, todo el miedo, todo el hastío, toda la ira. Todo en absoluto. Hasta la última molécula de condición humana.
Que el Eros aseste una estocada mortal, ineludible a la civilización. Que gane Marcuse. Que otros más o menos afortunados hereden el mundo.


lunes 21 de septiembre de 2009

Paseo por la ciudad.

Ropa elegante para ser visto. Diván otomano para la mujer emancipada. Máscaras a mitad de precio, el placer orgásmico de los estetas.
La lluvia empaña la vitrina del mall ultramoderno, borrando lentamente aquellas formas. Las nubes visten a la ciudad para un funeral. En la otra calle un local exhala tristes conversaciones de café.
Escuchemos:
—Yo sigo la rutina de Elliot: Leo gran parte de la noche y en invierno me voy al sur.
—Estamos en el sur.
—Hablo de un sur imaginario.
Ah.
—Nada de "ah". Cada quien procura su felicidad.
—Despides suspiros breves y poco frecuentes, muchacha de los jacintos.
—Es el recuerdo... André ...
—¿Murió?
—Ni siquiera vivió, solo lo he soñado.
Olvídalo. Escapa conmigo.
—No puedo: El mundo no para de girar, el gramófono sigue sonando y los romances de café, de tranvías y trineos están destinados al fracaso.
—Calla, no derrames más sombras sobre la mesa ni irracionalismo sobre mi corazón burgués. Me iré lejos, a Viena, a Londres o a Jerusalén. Pierdo mis huesos, afuera sigue lloviendo...

A una manzana de distancia el estado edifica un rascacielos. Cuando esté terminado será el monumento más grande construido en honor al absoluto inasequible. En un baño público un hombre bebe una mezcla alucinógena y atisba el infinito. Una mujer cierra su paraguas para abordar un taxi. Otra lo abre. El metro, veloz, llega hasta el centro. Allí el espectáculo es distinto. Una manada de indigentes busca refugio en un callejón. Alguien resbala sobre el asfalto húmedo. Bulla, lamentos y otros ruidos. Un poeta delirante blasfema. Gozo y decadencia. El progreso. El rumor del agua que cae. Lejano estrépito de bocinas y motores y algunas risas maliciosas. Volvemos al punto de inicio y, al girar en una esquina, la noche, las luces y la certeza de que nunca regresaremos a casa.