Andrés, el solitario habitante del apartamento 36c, soñó que entregaba una antorcha encendida a su madre, con quien está enemistado desde hace años. Minutos más tarde su vecino, que también dormía, soñó que recibía una vela apagada de una mujer mayor que nunca antes había visto, ni en la realidad ni en sueños.
Tres kilómetros más lejos una muchacha come una fruta madura que ha comprado alegremente en el mercado, sin saber que su hermana está a punto de morir y que alucina con un árbol del que emana incontables frutas verdes.
Al norte, a nueve ciudades de distancia, un escritor fracasado escribe sobre un jardín en cuyo centro hay un árbol con grandes pájaros en las ramas y con frutas que al ser llevadas al oído despiden el ruido de una pelea. Al mismo tiempo, un erudito fantasea y se pregunta sobre la procedencia de ciertas imágenes e ideas que le han asaltado de pronto. No tiene una respuesta clara, pero sabe que se trata del Anima Mundi, esa ensoñación que cubre a todos los hombres, relacionándolos por más distantes que estén sus mentes y por más mudos que permanezcan sus labios.
El pensamiento del erudito alcanza al pensamiento del ermitaño y del poeta, del filósofo y del matemático. De igual forma, La emoción de una mujer de mundo, atrapada en la sutil tortura de una apasionada introspección, se transmite a Juana la cocinera, a una niña que juega con sus muñecas y, quizá, quien sabe con cuanta pesadillesca melancolía, a Tomás el alocado.
Platón, More y Yeats escribieron sobre ella, sin advertirnos que en ese invisible comercio de ensueños la impresión causada por una pintura de Van Gogh en Europa puede generar un impulso hacia la revolución al otro lado del mundo.
Tres kilómetros más lejos una muchacha come una fruta madura que ha comprado alegremente en el mercado, sin saber que su hermana está a punto de morir y que alucina con un árbol del que emana incontables frutas verdes.
Al norte, a nueve ciudades de distancia, un escritor fracasado escribe sobre un jardín en cuyo centro hay un árbol con grandes pájaros en las ramas y con frutas que al ser llevadas al oído despiden el ruido de una pelea. Al mismo tiempo, un erudito fantasea y se pregunta sobre la procedencia de ciertas imágenes e ideas que le han asaltado de pronto. No tiene una respuesta clara, pero sabe que se trata del Anima Mundi, esa ensoñación que cubre a todos los hombres, relacionándolos por más distantes que estén sus mentes y por más mudos que permanezcan sus labios.
El pensamiento del erudito alcanza al pensamiento del ermitaño y del poeta, del filósofo y del matemático. De igual forma, La emoción de una mujer de mundo, atrapada en la sutil tortura de una apasionada introspección, se transmite a Juana la cocinera, a una niña que juega con sus muñecas y, quizá, quien sabe con cuanta pesadillesca melancolía, a Tomás el alocado.
Platón, More y Yeats escribieron sobre ella, sin advertirnos que en ese invisible comercio de ensueños la impresión causada por una pintura de Van Gogh en Europa puede generar un impulso hacia la revolución al otro lado del mundo.



